e elegido el título de uno de los más famosos ensayos del paleontólogo estadounidenseStephen Jay Gould (¡muy recomendado leerlo!) con dos objetivos. El primero es llamar la atención sobre este animal: el panda gigante asiático, una criatura que forma parte del zoológico que todos llevamos en la cabeza desde pequeñitos (de esos que no podían faltar cuando pintábamos un paisaje bonito con sus animales y plantas) pero que, si no se actúa de forma rápida y contundente, va a desaparecer de la faz de la Tierra en muy poco tiempo. El otro es contar una historia sorprendente sobre cómo funciona la evolución de los seres vivos, de forma parecida a como ya lo hizo el propio Gould.
El panda gigante (Ailuropoda melanoleuca) pertenece a la familia de los osos (Ursidae), que se clasifica dentro del orden de los carnívoros (Carnivora), aunque se trata del primo vegetariano entre parientes mayormente omnívoros, ya que se alimenta casi exclusivamente de brotes tiernos de bambú. Como su sistema digestivo es el propio de los carnívoros, no asimila los vegetales de una forma totalmente eficiente, y algunos pueden llegar a estar comiendo durante… ¡14 horas al día! Así, estos animales pasan más de la mitad de su vida arrancando hojitas de bambú y masticándolas. La masticación está facilitada por el enorme desarrollo que alcanzan los molares en esta especie, mucho más parecidos en sus proporciones a los de los grandes herbívoros que a los de otros osos. La destreza que han conseguido para seleccionar los mejores bocados de las plantas es la historia que nos interesa. ¡Allá va!
Todos tenemos asimilado, más o menos, que somos los primates, y especialmente los humanos, quienes poseemos el famoso “pulgar oponible”, ese importante dedo que nos convierte en los mejores manipuladores de objetos. Esto es verdad, y también que en el resto de los vertebrados, los dedos se han especializado en otras muchas funciones (sujetar y desgarrar, correr muy rápido, trepar muy alto, cavar muy profundo) que, sin embargo, suelen eliminar cualquier vestigio de flexibilidad en los pulgares. Pero el panda gigante necesita poder manejar bien la planta que constituye su único alimento. ¡¿Qué hacer?! He aquí la solución adquirida durante la evolución de estos animales: inventar un nuevo pulgar.
El pulgar del panda surgió a partir de un hueso pequeño de la muñeca, el sesamoide radial, que se alargó hasta alcanzar un tamaño comparable al del resto de los huesos de los dedos. Los músculos que lo rodean se alargaron también, como consecuencia del crecimiento del hueso, y son los que le dan al nuevo “dedo” su agilidad. Es ante casos como este cuando se entiende aquella idea de que la
selección natural actúa como una chapucera y no como un ingeniero: se “elige” lo que funciona bien, lo suficientemente bien como para permitir la supervivencia, aunque no sea la mejor solución que se pueda imaginar. Y, normalmente, no se crean nuevas estructuras de la nada, sino que se transforma y se aprovecha lo que ya existe.
Y aún hay más. Si ya es sorprendente la aparición de este apéndice inimaginable, de tan complicado origen, ¿cómo reaccionar al saber que esto ha ocurrido DOS veces en la evolución? El panda rojo (
Ailurus fulgens), perteneciente a una familia distinta a la del panda gigante, posee un pulgar similar, pero un estudio reciente (Salesa
et al., 2006) revela que se trata de un caso claro de
convergencia: estructuras similares que han evolucionado de forma independiente. La investigación demuestra la
homología entre los falsos pulgares de
Symocion batalleri, una especie fósil descubierta en un yacimiento madrileño, y los del panda rojo, ambos miembros de la familia
Ailuridae. Parece que el nuevo “pulgar” evolucionó en el antepasado común de estas dos especies para permitirle trepar a los árboles y escapar de sus depredadores (los temibles “dientes de sable”). Más tarde, el panda rojo lo utilizó para una segunda función: manipular el bambú del que también se alimenta. Este es, me parece, otro ejemplo impresionante de cómo la evolución aprovecha de maneras imprevisibles casi cualquier parte de los organismos: un extraño apéndice (el falso pulgar) que viene a sustituir al que ya existía (el pulgar verdadero), para facilitar una función (trepar a los árboles) que luego se cambió por otra nueva necesidad (manipular bambú), que resultó ser la misma para la que otra especie (el panda gigante) había desarrollado un casi idéntico extraño apéndice. ¿No os quedáis con la boca abierta?
Según la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), el panda gigante se encuentra clasificado como “en peligro”, mientras que el panda rojo se considera “vulnerable”. Para las dos especies, la mayor amenaza es la destrucción y fragmentación de su hábitat, ya de por si restringido por la especificidad de su alimentación. Las reservas que existen en sus zonas de origen (los dos en China, y el panda rojo también en Bhután, India, Myanmar y Nepal) no son suficientes, cubren una parte pequeña de la extensión geográfica que necesitan. Los intentos de recuperar el hábitat tienen resultados bastante cuestionables. Mientras tanto, las poblaciones no paran de disminuir. Se estima que quedan menos de 2000 pandas gigantes salvajes.
Son muchas las razones que se dan para mantener la biodiversidad y conservar las especies. Hay quien desea proteger a todas las especies por igual, otros a las que más benefician al ecosistema, las más amenazadas, las que sirven como recurso de cualquier tipo a la población humana o simplemente las que más nos atraen y nos implican emocionalmente. Yo hoy propongo otro motivo para que intentemos salvar al panda gigante y al panda rojo: el pulgar del panda es una maravilla de la evolución, ¿vamos a dejar que se pierda para siempre?